Relato de un mar de dudas en cómo educarle (y mi estado actual de impaciencia con los adultos)

Tantos giros ha dado mi forma de pensar, que a veces no sé ni en que punto me encuentro.

Tengo claro por lo que he leído en libros y artículos de pediatras, psicólogos, mamás y demás “expertos” y por la experiencia que estoy teniendo que no quiero educar al señor J. a base de castigos. Tampoco de autoritarismo, y según me sigo informando, veo que las recompensas al menos en el modo en el que se usan en el conductismo clásico (Por ejemplo, el ¡muy bien! constante) no son muy positivas.

Tengo claro que hay que seguir al niño, tener quintales de paciencia, y la tengo, tengo más paciencia con el señor J que con nadie en mi vida, y no es forzado, me sale natural. El problema es que creo que esa paciencia ha sido ganada a base de quitarme paciencia con los adultos.

Tengo claro que educar así no significa no poner límites o ponerte seria y firme muchas veces. Que eso es lo que se piensan muchos, por mucho que lo explique. Que explicar como educar así y que la gente lo entienda y me apoye es más difícil que explicarme a mi la teoría de cuerdas.

Que no, que engañarle con mentirijillas para distraerle y deje de llorar no me gusta. Que no es necesario que se coma todo el plato porque igual no tiene hambre, y no, no le quiero echar más azúcar o kétchup para ver si le engaño y come más, intento (aunque caen cosas que no me gustan) que coma sano. Que es imposible que se quede sentadito en un restaurante tanto rato y que me duele ponerle tanto tiempo el móvil o la tablet, muchas veces lo hago para no escuchar al resto de adultos. Tampoco pasa nada porque no quiera ir en carrito, quiere ir andando, es normal, y si se cansa querra que le coja, es normal, igual el porteo en el cual nadie me apoyó hubiera sido una buena idea. No es un vago, igual está cansado, y no puede andar la misma distancia que tú.

¿Véis que bien? Con paciencia ya se agarra de mi manita al cruzar, y sin amenazas va recogiendo dos (de sus 2000 juguetes tirados por el suelo, los 1998 restantes los recoges tú, pero ya es un paso).

¿Véis? Gracias a introducirle sólidos desde el principio come muchas cosas sólito desde hace tiempo, no ha hecho falta transición desde purés.

¿Véis como cuando quiso dejar sólo  el chupete hice bien en no insistir más? costó que se durmiera solo, y sigue costando, pero es pequeño, llegará.

Les da lo mismo, parece que todo eso ha sido suerte y sólo queda lo malo.

Bueno, muchas veces ya no explico todo eso.

No, no tengo paciencia, y no me apetece que me sigan mirando como una loca.

Y me quiero meter bajo un paraguas para que me resbale.

Y me siento sola, muy muy muy sola, sola en mi teoría de cuerdas, indemostrable y tan compleja.

Joder, no lo tengo nada claro, debería importante tres pepinos lo que me dijera el resto. Pero me hace mella y mucha, más de lo que quisiera.

Hay tantas veces que cedo a todo lo contrario que predico.

Y le dices muy bien a cada instante, porque te sale automático, y dices ¡mier…! ya está viendo otro capítulo de pocoyó, ya le han dado otro trozo de chocolate y ya le estás dando tú otro helado y aplaudiendo su gracia. Son excepciones, piensas, pero son excepciones diarias.

¿Ves que contento está? te dicen y agotada asientes.

Y en este mar de dudas, vas al mar de verdad.

Tu adorado señor J. se entretiene 5 minutos con las piedras y las conchas, otros 5 con el agua contigo dentro, otros cinco dando un paseo, 10 segundos con el agua otra vez, 1 segundo con una regadera, medio segundo con una revista, otro medio cantándole una canción. Y todo el rato señala la dirección del apartamente para volver (que otra cosa no, pero orientación para volver a su casa tiene más que tú).

Y suspiras, y sabes que si cedes en media hora querrá volver a bajar a la calle (a menos que pocoyó o alguno de sus amigos aparezcan por el medio), y piensas que no pasa nada porque se aburra, que sabes que es incluso bueno. El problema es que se aleja hasta los confines del mundo, y no te apetece que muera ahogado, al menos hoy y delante tuyo que quedaría fatal.

Suspiras, quizás esté tan irascible porque ha estado un poco malito.

Suspiras, necesita moverse, no tiene ni dos años. Se te acaban las excusas, yo que sé.

Al final tu santa suegra se lo lleva.

Y te sientas mirando al mar, y en esos instantes de paz las miras. Esas niñas de anuncio que están a tu lado, con las que has intentado que el señor J. entablara sin mucho éxito interacción. La mayor tiene 7 años, la pequeña apenas 16 meses, 5 menos que tu hijo. Han llegado antes que nosotros y se irán más tarde que nosotros (porque tú llevarás una media hora escasa).

Observas a la mamá tumbada placidamente en la toalla, de vez en cuando la bebé y ella cruzan miradas de complicidad. La pequeña está sentada y juega con gran habilidad a meter piedras en el cubo con la pala para luego observarlas, eso y una regadera que rellena en un cubo que le ofrece su hermana le son suficientes. A veces se levanta sí, pero apenas se aleja un metro para coger una concha interesante y vuelve.

Y llega el colmo, la antítesis de lo que hubiera hecho mi hijo, ella sóla se sube a su carrito, y con su chupete se queda dormida sin mediar palabra.

Suspiras.

¿Qué estaré haciendo mal?

Quizás debería ser más autoritaría, quizás el señor J necesite más “mano dura”, quizás lleven razón los que dicen que se tiene que “acostumbrar” a estar sentado, quizás yo sea demasiado exigenté conmigo y con él.

Quizás no dependa apenas nada de lo que yo haga, porque él es así.

Se me acaban las excusas, yo que sé.

 

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