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Poemas de Gloria Fuertes para jugar con el ritmo y las palabras
La poesía infantil de Gloria Fuertes tiene una cualidad muy especial: parece hablar en voz baja y, al mismo tiempo, invita a levantar los pies del suelo. Sus versos están llenos de animales, personajes disparatados, sonidos, repeticiones y escenas cotidianas que los niños pueden comprender, transformar y representar. Por eso resulta tan apropiada para acercarse al lenguaje desde el juego.
En casa, en el aula o durante una tarde en el parque, sus poemas pueden convertirse en palmadas, pasos, dibujos, pequeñas dramatizaciones y conversaciones sobre las palabras. No hace falta memorizar un texto completo ni seguir una ficha cerrada. Basta con escoger un poema breve, leerlo con calma y dejar que cada niño encuentre su manera de entrar en él.
| Recurso poético | Propuesta de juego | Habilidad que se favorece | Edad orientativa |
|---|---|---|---|
| Rima | Buscar palabras que suenen parecido | Conciencia fonológica | 3-6 años |
| Repetición | Acompañar una frase con palmadas | Memoria y ritmo | 2-6 años |
| Onomatopeya | Imitar sonidos de animales u objetos | Expresión oral | 2-5 años |
| Personaje absurdo | Inventar una respuesta o un final | Imaginación y humor | 4-8 años |
| Descripción | Dibujar lo que aparece en los versos | Comprensión y observación | 3-8 años |
| Movimiento | Representar acciones con el cuerpo | Coordinación y escucha | 2-7 años |
Entrar en la poesía con el cuerpo
Antes de explicar qué es una estrofa o pedir que localicen una rima, conviene leer el poema en voz alta. La voz adulta puede cambiar de velocidad, hacer pausas, exagerar una palabra o repetir una frase que haya provocado risas. En la poesía de Gloria Fuertes, la musicalidad se percibe incluso cuando los niños todavía no reconocen las letras.
Una primera lectura puede hacerse sentados y una segunda de pie. Cada participante elige un movimiento para una palabra que aparezca varias veces: girar cuando se menciona un animal, dar una palmada ante una exclamación o agacharse al escuchar una palabra concreta. El objetivo no es realizar una coreografía perfecta, sino conectar el sonido con una experiencia corporal.
Los poemas “Cómo se dibuja un niño” y “Cómo se dibuja un paisaje” ofrecen una buena oportunidad para combinar lectura y representación. Mientras una persona recita, otra puede ir trazando líneas, añadir detalles inesperados o convertir el dibujo en una escena compartida. Así, el poema deja de ser algo que se escucha de forma pasiva y se vuelve una propuesta abierta.
Rimas, ecos y palabras que saltan
Las rimas pueden presentarse como parejas de palabras que se reconocen por el oído. No es necesario utilizar términos técnicos. Se pueden decir dos palabras y pedir que los niños indiquen si “van juntas” por su sonido. Después, se buscan nuevas combinaciones, aunque sean inventadas o un poco absurdas. En el universo de Gloria Fuertes, el disparate tiene un lugar privilegiado.
Una actividad sencilla consiste en preparar tarjetas con palabras relacionadas con animales, objetos y acciones: gato, zapato, ratón, camión, rana, ventana. Cada niño toma dos y prueba a construir un verso corto. También se pueden aceptar rimas imperfectas, porque jugar con el lenguaje importa más que encontrar una coincidencia exacta.
Las palabras inventadas son especialmente valiosas para quienes todavía están desarrollando la expresión oral. “Un dragón saltarín / se esconde en un calcetín” puede dar paso a “un dragón caracol / toma sopa bajo el sol”. El adulto puede recoger las propuestas sin corregirlas de inmediato y escribirlas en una hoja grande. Ver sus ideas convertidas en texto ayuda a comprender que hablar, imaginar y escribir están relacionados.
Animales, personajes y humor disparatado
“Doña Pito Piturra” permite explorar la descripción de un personaje a partir de su nombre, su aspecto y sus costumbres. Tras leer algunos versos, se puede proponer la creación de otro personaje con un nombre sonoro: Don Bombo Bombón, la Señora Piruleta o el Señorín Saltarín. Cada nombre puede acompañarse de una voz, un gesto y una característica peculiar.
“La pata mete la pata” es un punto de partida excelente para hablar de acciones y consecuencias dentro de una historia breve. Los niños pueden representar a la pata, inventar qué ha encontrado o imaginar qué ocurre después. Si son pequeños, basta con repetir el sonido de sus pasos y decidir entre todos si camina deprisa, despacio, con sueño o bajo la lluvia.
El humor de Fuertes permite tratar los errores con ligereza. Una palabra equivocada, una rima imposible o un dibujo que no sale como se esperaba pueden formar parte del juego. Esta actitud resulta coherente con una crianza respetuosa: se acompaña la expresión infantil sin convertir cada actividad en una prueba de resultados correctos.
Crear un pequeño laboratorio de palabras
Después de escuchar un poema, se pueden escoger tres palabras que hayan llamado la atención. No tienen que ser las más importantes desde el punto de vista adulto. Quizá un niño elija “pato”, otro “sombrero” y otro una palabra cuyo sonido le resulte gracioso. Con ellas se construye una cadena: una palabra lleva a otra por su significado, su sonido o una imagen.
También es posible hacer un poema colectivo con una estructura muy simple. El adulto escribe el inicio y cada niño añade una línea:
“En mi casa vive un…”
La respuesta puede ser un animal real, un personaje fantástico o algo inesperado. Luego se agrega una acción y un lugar. El resultado no necesita tener una métrica regular. Lo importante es que los participantes escuchen cómo las ideas se enlazan y descubran que un poema puede nacer de una conversación.
Para quienes ya escriben, pueden prepararse tres recipientes con tarjetas: personajes, lugares y acciones. Sacar una tarjeta de cada grupo produce combinaciones como “un caracol baila en la biblioteca” o “una nube cocina en el balcón”. Si la actividad se realiza con niños de distintas edades, los mayores pueden escribir y los pequeños dictar o ilustrar.
Ideas sencillas para acompañar la lectura
La propuesta funciona mejor cuando se adapta al momento del día, a la edad y al interés del grupo. Una sesión puede durar diez minutos y consistir únicamente en escuchar y repetir una estrofa. Otro día, el mismo poema puede inspirar pintura, construcciones con piezas sueltas o un paseo para observar animales y sonidos.
- Leer un poema con diferentes voces: susurro, voz de gigante, voz de hormiga y voz de robot.
- Marcar el pulso con cucharas de madera, palmas, golpecitos en una caja o pisadas suaves.
- Dibujar un personaje y añadirle un objeto imposible, como un paraguas para un pez.
- Buscar rimas en carteles, cuentos, envases o nombres propios durante un paseo.
- Representar una escena sin hablar y dejar que los demás adivinen qué verso se está expresando.
- Crear un mural con palabras favoritas, dibujos y pequeñas frases dictadas por los niños.
En una casa con poco material, una manta puede convertirse en escenario, unas pinzas en personajes y una caja de cartón en una casa, un barco o una tienda. Esta sencillez encaja con una mirada educativa basada en el juego libre: los objetos no determinan la actividad, sino que se transforman según la imaginación de quienes participan.
En un aula o grupo familiar, conviene ofrecer varias formas de participar. Un niño puede recitar, otro observar, otro moverse y otro preferir hacer un dibujo. La poesía no tiene que exigir la misma respuesta a todos. Dar opciones favorece la autonomía y permite que cada cual encuentre una relación propia con el texto.
Del poema al juego cotidiano
Los poemas de Gloria Fuertes también pueden acompañar rutinas familiares. Una rima breve puede anunciar la hora de recoger, una estrofa puede recitarse mientras se prepara la merienda y un personaje inventado puede aparecer durante el trayecto al colegio. Cuando la poesía se integra en momentos reales, deja de parecer una tarea separada de la vida.
En Madrid, una lectura puede continuar al aire libre. En un parque se buscan pájaros, hojas, fuentes, bicicletas y sonidos que puedan convertirse en versos. En una plaza, cada participante observa un detalle y lo describe con tres palabras. Después se mezclan las observaciones para crear un poema de paseo. No hace falta llevar una actividad cerrada: una libreta pequeña y un lápiz son suficientes.
También se puede preparar una cesta poética con libros, tarjetas de rimas, telas, objetos naturales y lápices de colores. La cesta queda disponible para que los niños la exploren sin una consigna única. Unos días servirá para dramatizar “El hada acaramelada”; otros, para inventar una historia con una piedra, una pluma y una palabra encontrada en un libro.
La selección de textos debe cuidar la edad y el momento emocional. Algunos poemas son juguetones y ligeros; otros permiten conversar sobre la soledad, la amistad, la injusticia o el deseo de cuidar a los demás. La persona adulta puede leer primero el texto completo y decidir cómo presentarlo, dejando espacio para las preguntas espontáneas sin forzar interpretaciones.
El siguiente paso puede ser elegir “Cómo se dibuja un niño”, leerlo una vez en voz alta y preparar tres elementos sencillos: una hoja grande, ceras y una palabra para acompañar cada dibujo; después, solo hay que dejar que el poema se convierta en movimiento, imagen y juego.
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