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Veinte poemas breves de tradición oral para memorizar en familia
Los poemas que pasan de boca en boca forman parte de la memoria afectiva de muchas familias. Una nana, una retahíla o una canción de corro pueden acompañar una comida, un trayecto en coche, una tarde de juego o ese momento en que necesitamos bajar el ritmo antes de dormir. Su sencillez permite que niñas y niños participen aunque todavía no sepan leer.
Recitar juntos no exige una pronunciación perfecta ni una interpretación preparada. Basta con repetir, palmear, balancearse, inventar un gesto o cambiar una palabra. Esta selección reúne veinte textos breves de tradición oral, con variantes que pueden cambiar según la región y la familia. Lo importante no es aprenderlos como una obligación, sino disfrutarlos como pequeñas piezas de juego, lenguaje y vínculo.
La memoria empieza con el ritmo
La poesía oral se apoya en la repetición, la rima y la musicalidad. Estos elementos ayudan a anticipar lo que viene y ofrecen seguridad a los más pequeños. Cuando una criatura escucha varias veces “sana, sana” o “cinco lobitos”, va reconociendo sonidos, pausas y estructuras sin necesidad de una explicación formal.
Memorizar versos también enriquece el vocabulario y favorece la expresión corporal. Un poema puede decirse sentado, caminando, con palmas o acompañando cada frase con un movimiento. Desde una mirada respetuosa, la participación es siempre flexible: alguien puede recitar, escuchar, hacer gestos o inventar una estrofa nueva.
La tradición oral, además, no es un conjunto cerrado. Las familias han transformado durante generaciones los nombres, los finales y algunas palabras para adaptarlos a su lugar de origen. Esa posibilidad de modificar el texto convierte cada poema en una creación compartida y cercana.
Nanas para acunar y descansar
Las nanas tienen un ritmo lento y repetitivo que acompaña la calma. No es necesario cantarlas afinadamente: una voz suave y constante puede resultar más acogedora que una melodía perfecta. Se pueden recitar mientras se mece a un bebé, durante la rutina de sueño o en un rincón tranquilo después de un día intenso.
1. Duérmete, niño
“Duérmete, niño,
duérmete ya,
que viene el coco
y te llevará.”
En algunas familias se cambia el final por “que viene la luna y te acunará” o por cualquier imagen que resulte amable. La nana puede transformarse para evitar elementos que asusten y conservar, al mismo tiempo, su cadencia.
2. A la nanita, nana
“A la nanita, nana,
nanita ea,
mi niño tiene sueño,
bendito sea.”
Es una canción muy extendida y con numerosas versiones. Sus palabras pueden repetirse varias veces, añadiendo el nombre de la criatura o una frase inventada por quien la canta.
3. Ea, la nana
“Ea, la nana,
ea, la nana,
duérmete, lucerito,
de la mañana.”
La expresión “ea” funciona como un arrullo sonoro. Aunque el significado de algunos versos pueda variar, la repetición permite que el niño se deje llevar por la voz y el ritmo.
4. Duerme, duerme, mi niña
“Duerme, duerme, mi niña,
duerme, duerme, mi sol,
que la noche está tranquila
y te canta su canción.”
Esta versión breve pertenece al repertorio familiar de muchas casas y puede adaptarse fácilmente: “mi niño”, “mi estrella”, “mi pequeño” o cualquier apelativo cariñoso. Crear una variante propia también forma parte de la tradición.
Dedos, palmas y juegos de regazo
Las retahílas corporales convierten el poema en una experiencia sensorial. Mientras se dicen los versos, se pueden tocar los dedos, balancear las piernas o esconder las manos. El adulto marca el ritmo, pero la criatura puede decidir cuándo parar, repetir o cambiar el movimiento.
5. Cinco lobitos
“Cinco lobitos
tiene la loba,
cinco lobitos
detrás de la escoba.”
La versión más conocida continúa con “cinco tenía, cinco criaba y a todos los cinco tetita les daba”. Se puede acompañar abriendo y cerrando la mano, como si cada dedo fuera un lobito.
6. Este dedito
“Este dedito compró un huevito,
este lo cocinó,
este le echó la sal,
este lo probó
y este pícaro se lo comió.”
Se recita tocando un dedo diferente en cada verso, desde el meñique hasta el pulgar o en el orden que prefiera cada familia. La sorpresa final suele provocar cosquillas y risas.
7. Date, date
“Date, date, date,
en la cabecita,
con la cuchara
de la gallinita.”
Mientras se canta, se hacen pequeños golpecitos simulados con la mano, siempre de manera suave y respetuosa, o se sustituyen por palmas. Es una retahíla ideal para acompañar movimientos grandes y pequeños.
8. Aserrín, aserrán
“Aserrín, aserrán,
los maderos de San Juan,
piden pan, no les dan,
piden queso, les dan hueso.”
Puede recitarse balanceando a la criatura de adelante hacia atrás, si le apetece, o simplemente moviendo los brazos como una sierra. El ritmo marcado ayuda a coordinar voz y movimiento.
Animales, lluvia y pequeñas escenas
Los poemas sobre animales y fenómenos cotidianos conectan el lenguaje con lo que niñas y niños observan. Una ventana con lluvia, una visita al parque o el sonido de un pájaro pueden convertirse en la ocasión perfecta para recordar una estrofa.
9. Los pollitos dicen
“Los pollitos dicen
pío, pío, pío,
cuando tienen hambre,
cuando tienen frío.”
La canción continúa con la gallina que busca alimento y cobijo. Es una propuesta sencilla para conversar sobre necesidades, cuidados y sonidos de animales sin convertir el momento en una lección.
10. Que llueva, que llueva
“Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva,
los pajaritos cantan,
la Virgen se levanta.”
Sus palabras pueden acompañar los días grises, una exploración de charcos o un dibujo de nubes. También es posible sustituir algunos versos por imágenes cercanas: paraguas, botas, hojas mojadas o ventanas empañadas.
11. A mi burro
“A mi burro, a mi burro
le duele la cabeza,
el médico le ha puesto
una gorrita negra.”
La canción suele continuar con distintos dolores y remedios disparatados. Inventar nuevas estrofas —“le duele la rodilla”, “le ponemos una semilla”— estimula la rima y el humor.
12. Cucú, cantaba la rana
“Cucú, cantaba la rana,
cucú, debajo del agua,
cucú, pasó un caballero,
cucú, con capa y sombrero.”
El “cucú” repetido permite jugar con el volumen y las pausas. Puede decirse escondiendo la cara detrás de las manos, detrás de una puerta o bajo una tela ligera, siempre respetando si el niño desea participar.
Retahílas para jugar y recordar
Las retahílas sirven para elegir quién empieza, organizar un corro o acompañar un juego simbólico. No necesitan una explicación previa: el sentido aparece con la repetición y con el contexto. Algunas tienen palabras antiguas o aparentemente absurdas, y precisamente esa sonoridad despierta la imaginación.
13. Antón, Antón, Antón pirulero
“Antón, Antón,
Antón pirulero,
cada cual, cada cual,
que atienda su juego.”
Se puede cantar mientras cada participante representa una acción distinta: saltar, girar, tocar un tambor imaginario o caminar como un animal. La propuesta admite tantas variaciones como personas estén jugando.
14. Arroz con leche
“Arroz con leche,
me quiero casar
con una señorita
de este lugar.”
La canción tradicional continúa con la elección de una persona y varias cualidades. Para hacerla más inclusiva, se pueden cambiar “casar” por “jugar” o “bailar”, y dejar que cada criatura invente libremente a quién quiere invitar al corro.
15. Tengo una muñeca
“Tengo una muñeca
vestida de azul,
con su camisita
y su canesú.”
Es una canción breve y reconocible que puede acompañar el juego de cuidar muñecos, peluches o figuras. También ofrece una oportunidad para conversar sobre vestir, desvestir y cuidar, sin imponer que un juguete tenga que pertenecer a un género concreto.
16. Pisa, pisuela
“Pisa, pisuela,
color de ciruela,
vía, vía,
o esta.”
Esta fórmula se ha usado para escoger a una persona en los juegos. Puede recitarse señalando los pies o las manos de cada participante, y cambiarse por otros colores, frutas o palabras que mantengan el ritmo.
Rimas para mirar el cielo y el mundo
La observación cotidiana proporciona muchas ocasiones para recuperar versos. La luna que aparece en un paseo, una estrella dibujada o el sonido de un botón al caer pueden activar una canción conocida. Así, la memoria deja de ser un ejercicio aislado y se enlaza con experiencias concretas.
17. Luna, lunera
“Luna, lunera,
cascabelera,
cinco pollitos
y una ternera.”
Existen diferentes versiones y finales para esta rima. Puede recitarse al mirar la luna desde una ventana, acompañarse con un dibujo nocturno o convertirse en una búsqueda de formas redondas durante una salida.
18. Debajo de un botón
“Debajo de un botón, ton, ton,
que encontró Martín, tin, tin,
había un ratón, ton, ton,
¡ay, qué chiquitín, tin, tin!”
Las sílabas finales invitan a exagerar la voz y a jugar con el eco. Después de recitarla, se puede esconder un pequeño objeto bajo un botón grande, una tela o una caja para prolongar el juego.
19. Un don dín de la poli politana
“Un don dín de la poli politana,
uno dos tres,
dime quién es.”
Esta retahíla aparece con muchas variantes locales y suele utilizarse para elegir a alguien. Su atractivo está en las palabras sonoras, que no tienen que entenderse por completo para resultar divertidas.
20. Sana, sana
“Sana, sana,
culito de rana,
si no sanas hoy,
sanarás mañana.”
Se suele decir ante un pequeño golpe o una molestia, acompañando con una caricia si la criatura la acepta. No sustituye el cuidado necesario, pero aporta consuelo y reconoce que el dolor merece atención.
Cómo hacer de la memorización un juego
Aprender estas composiciones en familia funciona mejor cuando el objetivo es compartir un rato agradable. No hace falta presentar los veinte poemas de una vez. Se puede escoger uno relacionado con la actividad del día, repetirlo durante varios días y dejar que la criatura decida si quiere decir la última palabra, completar el estribillo o cambiar los gestos.
Algunas ideas sencillas para incorporarlos a la vida cotidiana son:
- Recitar una nana durante la rutina de sueño, sin exigir que el niño se duerma de inmediato.
- Acompañar las retahílas con palmas, balanceos, pasos, dedos o movimientos inventados.
- Crear un pequeño bote de poemas con tarjetas ilustradas para escoger una al azar.
- Usar una canción de lluvia durante un paseo y otra de animales al volver del parque.
- Invitar a abuelos y otros familiares a compartir versiones que recuerden de su infancia.
- Registrar las variantes propias en un cuaderno familiar, junto con dibujos y nombres de quienes las cantan.
También conviene respetar los ritmos individuales. Algunas criaturas memorizarán enseguida una estrofa y otras preferirán escuchar durante semanas. Repetir no debe convertirse en una prueba ni en una actuación para otras personas. El silencio, la escucha y la posibilidad de abandonar el juego forman parte de la experiencia.
Cuando un verso se modifica, no se está “estropeando” el poema. La tradición oral ha llegado hasta hoy precisamente porque las personas la han recreado. Cambiar un animal, añadir el nombre de alguien o inventar un final absurdo permite que el lenguaje sea propio y que cada familia encuentre su manera de habitarlo.
Los poemas breves caben en casi cualquier momento: en una espera, al lavarse las manos, durante un trayecto o antes de apagar la luz. Con ellos se construye una memoria compartida hecha de voces, pausas, risas y repeticiones. Lo que niñas y niños suelen recordar durante más tiempo no es la versión perfecta, sino la sensación de haber sido acompañados mientras la aprendían. Eso es lo esencial: que cada rima conserve un lugar de juego, cuidado y encuentro familiar.
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