Gracias Caimán

Hace poco menos de un mes nos despedimos de Caimán, la escuelita (es pequeña y familiar, así que es escuelita) a la que ha asistido el señor J este año junto a un puñado de pequeños privilegiados y dos profesoras (aunque yo llamaría acompañantes) maravillosas.

Aún recuerdo lo que nos costó encontrar el sitio que nos cuadrara dentro de lo que buscábamos, para llevar este año al señor J (casi igual o más de lo que nos ha costado el colegio, aunque en este último caso hemos acabado en un sitio que era ya nuestra tercera opción, así que el curso escolar vamos a empezarlo un poco para probar, y si no el siguiente año ya veremos) .

Algunas de las razones por las que decidí buscar una escuela para llevarle el año previo al colegio hoy me parecen hasta absurdas. Por ejemplo, aún recuerdo como me agobiaba cuando con quince o dieciséis meses al señor J. no le gustaba nada estar con otros niños de su edad (si con adultos), como llegábamos a un parque y lo que quería era ir libre a explorar por el campo y bosque. En fín, como tantas otras cosas, una etapa que pasó y tenía su sentido en su desarrollo y en su forma de ser. Antes de llegar a la escuelita ya era el niño más sociable del mundo (todo lo sociable que puede ser un niño de dos años). Y nosotros no habíamos hecho mucho, más que acompañarle, como tantas otras veces en el que forzarle a determinadas situaciones no ha servido de mucho (o eso creo, jeje). Así que si todavía pensáis que si no va a la guardería vuestro peque no se va a sociabilizar, por favor, informaros, eso no es así.

Evidentemente no era la única razón para querer llevarle unas horas al día a una escuela infantil. Y como muchas familias empecé por ver lo que tenía más cerca de casa (dos minutos andando), pero lo que vi, no voy a entrar en muchos detalles no me gustó, nada.

Yo ya había empezado a informarme sobre el tema de las pedagogías activas (aún juntaba mucho en el mismo saco a Montessori, Waldorf y demás).

Y entonces encontré a Ana, que aún estaba en otro proyecto y me encantó su visión. Cuando ya lo teníamos decidido nos dijo que el sitio que nos habían mostrado no iba a seguir y se me cayó el mundo a los pies, ¡con lo que nos había costado encontrar algo así! Pero que estaba buscando una nueva ubicación.

Entonces conocimos el centro Caimán, un centro que nació como un centro de atención temprana y apoyo educativo. Y ese es uno de sus puntos fuertes, la inclusión de niños con necesidades educativas especiales en la escuelita. Nos contaron el proyecto y mostraron el espacio y de nuevo nos encantó, más que el primer sitio incluso. También conocimos a Aurora, la otra profesora que acompañaría el proyecto, y también nos gustó muchísimo (que pena que no sigas el próximo curso).

Y entonces empezamos el curso con muchísima ilusión. Y aunque era el primer año y hay cosillas que se van mejorando y cambiando y que perfecto no hay nada en esta vida, la verdad solo puedo hablar cosas buenas, muy buenas.

Lo que aún me extraña (e incluso me da miedo) es que nos extrañe que las escuelas sean así, que los niños (deberían ser todos los niños pero sobre todos los que están en educación infantil) no diferencian entre aprendizaje y juego, no hay una línea divisoria como dice Rebeca Wild entre trabajo y juego para los niños.

Nos extraña que un niño necesite estar en movimiento casi continuo, y que eso sea fundamental para el resto de los aprendizajes futuros.

Nos extraña la tranquilidad, parece que siempre hay que estimular, estimular y estimular hasta sobreestimular.

Nos extraña que no haya divisiones rígidas por edades.

Nos extraña que den a nuestros hijos una educación holística. Seguimos priorizando lo matemático y la lectoescritura como si fuera lo único importante, y el resto de las inteligencias fueran accesorias (yo no sé que hubiera sido de mí sin la música y la poesía por ejemplo) como si la creatividad hubiera que irla acotando y modelando bajo los mismos cánones para todo el mundo.

Nos extraña que los niños necesiten salir fuera a diario, al exterior, a la naturaleza. Se tiran, horas y horas y horas encerrados en cuatro paredes, con mucha suerte tendrán un patio con suelo de caucho para salir. Si llueve o hace mal tiempo también se puede salir.

Nos extraña la importancia de la cercanía, la familiaridad, el acompañamiento emocional a la misma altura (o más) que lo cognitivo. Seguimos creyendo en esa figura autoritaria y rígida del maestro como única posibilidad (sé que muchos maestros no son así, pero un sector importante de la población sí lo sigue creyendo)

Nos extraña que un periodo de adaptación para unos niños tan pequeños no tenga un límite temporal rígido, que haya que adaptarse a cada caso, que si mamá o papá o el abuelo quiere pasar al espacio un ratito con nosotros, con las normas que ya tenemos, porque lo necesitamos, puede hacerlo.

Nos extraña que todos los niños con tres años no hayan alcanzado el control de esfínteres (ya hablaré del tema más adelante).

Esto no significa que no haya límites, claro que los hay, hay una estructura y unas normas que nos dan seguridad y son necesarias para la convivencia. Unos ritmos y estructuras temporales que ayudan a los niños con una rutina que les proporciona tranquilidad.

Y doy gracias por la cantidad de estas propuestas educativas que con bastantes dificultades van surgiendo. Doy gracias por los profesores que se van actualizando y desarrollando proyectos maravillosos incluso en el sistema educativo público.

Y ojalá las autoridades se den cuenta de que no se pueden tener los ratios por educador que se tienen, sobre todo en niños más pequeños. Y ojalá se den alternativas subvencionadas para que todo el mundo pueda acceder al tipo de pedagogía más acorde a su forma de pensar y sentir, sin que lo económico sea uno de los mayores problemas.

Ojalá muchos profesionales se sigan formando para hacerlo posible.

Ojalá nos deje de extrañar todo esto.

Sí, nos extraña lo que desde mi punto de vista debería ser normal, nos extraña la mirada de los niños, ver como se asombran por todo, y es que como dice Vea Vecchi:

los niños y niñas pequeños se asombran porque no dan el mundo  por supuesto.

Dejemos de dar por supuesto tantas cosas en la educación infantil.

Por todo lo anterior, gracias Ana y Aurora, gracias escuelita Caimán.

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